LA ODISEA de Nolan: el final NO habla de volver a casa


Hay una idea que me ha quedado dando vueltas en la cabeza después de terminar La Odisea de Christopher Nolan. Una idea que, cuanto más la pienso, más creo que puede ser una de las claves para entender el verdadero significado de su final:

Las historias pueden sobrevivir durante miles de años y, sin embargo, aquello que deberían enseñarnos puede desaparecer por el camino.

Nolan parece plantear que las civilizaciones no solo nacen, prosperan y desaparecen; también construyen relatos sobre lo que les ocurrió, los transmiten a las generaciones futuras y, con el paso del tiempo, conservan los hechos mientras olvidan las razones, las advertencias y las lecciones que había detrás de ellos.
Y quizá sea precisamente eso lo que la película intenta hacer con nosotros: obligarnos a mirar de nuevo una historia que creemos conocer para preguntarnos si realmente hemos entendido lo que significa.

La historia sobrevive. La enseñanza, no necesariamente.

Es al final de la película donde Nolan parece revelar su verdadera tesis: las civilizaciones caen. El tiempo pasa. Las culturas desaparecen. Pero las historias permanecen. Y, sin embargo, las generaciones futuras pueden conservar esos relatos sin recordar aquello que había detrás de ellos. Esta diferencia es fundamental:

Recordar una historia no significa comprenderla

Podemos conservar durante miles de años el relato de una guerra y olvidar por qué aquella guerra terminó siendo una catástrofe.
Podemos recordar al héroe y olvidar aquello que hizo.
Podemos admirar su inteligencia y olvidar el precio de utilizarla.
Podemos convertir una advertencia en una hazaña.
Y entonces el relato deja de funcionar como memoria y se convierte en entretenimiento.

Y aquí Nolan hace algo especialmente inteligente.

Porque la propia película está haciendo exactamente aquello de lo que habla: todos conocemos Troya. Durante siglos hemos contado la historia del caballo. La hemos convertido en literatura, pintura, teatro, cine y cultura popular. Pero Nolan vuelve a contarla y cambia la pregunta. Ya no quiere que pensemos únicamente: «Qué inteligente fue Odiseo». Quiere que pensemos: «¿Qué hizo realmente Odiseo para conseguir esa victoria?» Y esa diferencia cambia toda la historia.
 Nolan no necesita decir que las versiones anteriores fueran falsas. Está haciendo algo mucho más interesante: está reinterpretando el significado de una historia que creíamos conocer.
La película nos obliga a mirar de nuevo el caballo. Y cuando lo hacemos, descubrimos que quizá llevábamos miles de años contemplándolo únicamente como símbolo de la astucia, sin detenernos a mirar la oscuridad que hay en su interior.

El círculo se cierra.

Y entonces la película adquiere una estructura circular. Una civilización prospera. Comete determinados errores. Colapsa. Las generaciones posteriores conservan sus historias. Pero con el paso del tiempo olvidan las razones profundas de su caída. Construyen una nueva civilización. Y vuelven a cometer errores semejantes. La historia permanece. La memoria falla. Y el ciclo comienza de nuevo.
Pero quizá la película no trata solamente de volver a casa. Quizá trata de volver a mirar. Volver a mirar una historia que creíamos conocer. Volver a mirar a un héroe al que habíamos convertido en símbolo. Volver a mirar una victoria que habíamos aprendido a admirar. Y preguntarnos si detrás de todo ello había algo que dejamos de ver. Porque tal vez esa sea la verdadera tragedia de las civilizaciones: no que olviden su historia, sino que la recuerden sin comprenderla.
Y quizá esa sea también la verdadera tragedia de Troya. No que hayamos olvidado el caballo. Lo recordamos perfectamente.

Lo que quizá hemos olvidado es por qué deberíamos recordarlo.